Llevo ocho años surfeando, vivo en California. En agosto del año pasado estaba remando cerca de la orilla — día perfecto, olas decentes. Y de repente veo una aleta como a veinte metros. No era chiquita. Me quedé helado sobre la tabla. No me salía la voz. Venía directo hacia mí. Y de pronto alguien se tira al agua desde un yate que estaba cerca. Sin avisar. Así nomás — plaf. Un chapuzón enorme, agua para todos lados. El tiburón cambió de rumbo y se largó. Sale del agua un tipo. Lo reconozco al instante — un cantante que escucha el mundo entero. Empapado, en traje de baño, claramente sin idea de lo que acababa de pasar. Resulta que se había tirado a nadar. Ni me vio a mí, ni vio al tiburón. Nos quedamos mirando. Él: ¿Estás bien? Yo: Había un tiburón. Él, después de una pausa: ...Sí. Lo vi después. Nos quedamos ahí un momento. Después nadó de vuelta al yate. Se lo conté a todo el mundo. Nadie me creyó — ni lo del tiburón, ni lo del cantante. Mis amigos dijeron que me dio una insolación. Mi novia dijo que tengo mucha imaginación. Uno me contestó "sí, claro" y no volvió a escribir. Hasta el día de hoy no sé si me salvó o fue pura casualidad. Pero el tiburón se fue.