Tenía 26 años y trabajaba en marketing. No me gustaba mi trabajo, pero no lograba cambiar nada en mi vida. Tampoco tenía tiempo — casi no descansaba, y ni siquiera recuerdo si alguna vez me tomé vacaciones. Entonces empezaron a pasar cosas raras, aunque al principio no les presté atención. Creo que todo empezó cuando en la oficina, en lugar de los folletos de pizzerías que había encargado, me trajeron folletos de hoteles en República Dominicana. Me reí y dije: "Bueno, le van a servir a mi hermana, que está planeando irse para allá en otoño con unos amigos". Poco después, alguien me dio un calendario de bolsillo con una foto de República Dominicana en la portada. Luego, mi bloguera favorita publicó algo sobre República Dominicana. Y pensé: si algún día me tomo vacaciones, ya sé adónde voy. Después, mi hermana estaba comprando un vuelo a Punta Cana a su nombre y, sin querer, puso el mío. Ella jura que escribió el suyo. Tal vez fue el autocompletado, o tal vez simplemente se equivocó — vaya uno a saber. El caso es que el boleto quedó a mi nombre. Y algo dentro de mí hizo clic. Le dije que no lo cambiara, que se comprara otro para ella. Le pagué lo del billete y fui al trabajo a decir que necesitaba vacaciones, que ya no podía más. No querían dejarme ir, hasta me amenazaron con despedirme (aunque al final no lo hicieron). Total, me fui con mi hermana y nos alojamos todos en el mismo hotel. Y esa misma noche conocí al que hoy es mi esposo. Estoy segura de que fueron señales del destino para que nos encontráramos. Y soy muy feliz de haberlas seguido hasta llegar a él.