Mi hija tiene una cocinita de juguete en su cuarto, de esas que hacen sonidos de comida cocinándose. En algún momento, toda la familia empezamos a sentir que había algo más en la casa. Algo que no podíamos explicar. Un crujido por aquí, una sombra por allá. Una noche acostamos al niño, cerramos la puerta de su habitación, y justo mi esposo y yo nos pusimos a hablar de eso — de todas las cosas raras que veníamos notando. Y en eso… se enciende la cocinita. Sonaba como si alguien hubiera prendido las hornillas eléctricas. Por un segundo pensamos que quizás el niño se despertó y se puso a jugar. Abrimos la puerta. El niño dormido. La cocinita seguía sonando. En cuanto nos acercamos… se apagó sola. Salimos. A los quince minutos, otra vez. Y así muchas veces. Pero lo más aterrador fue cuando decidimos revisar las pilas para sacarlas… No había ninguna.