Predicciones
Publicado: 2026-03-29

Nunca he creído en predicciones. Ni en adivinos, ni en “señales”, ni en que el futuro se pueda saber de antemano. Siempre pensé que la gente simplemente acomoda los hechos después. Hasta que me pasó algo el otoño pasado. Vivo en un barrio bastante normal. Trabajo en oficina, nada fuera de lo común. Por las tardes suelo salir a caminar para despejarme. No muy lejos de mi casa hay un parque pequeño, casi siempre vacío por la noche. Hay bancas, faroles y una máquina expendedora vieja que parece llevar ahí años. Un día noté algo raro. Alguien empezó a dejar notas en la máquina. Papelitos pequeños, pegados con cinta directamente en el metal. Al principio no le di importancia, pensé que era una broma. Pero al día siguiente había una nota nueva. Y la anterior había desaparecido. Eso me llamó la atención. Me acerqué a leerla. Decía: “Mañana a las 18:40 un hombre dejará caer una bolsa en la entrada de la tienda”. Sin firma. Sin explicación. Incluso sonreí un poco. Pero al día siguiente, de camino a casa, me acordé. Eran como las 18:35 y yo pasaba justo por esa tienda. Me detuve. Solo por curiosidad. A las 18:40 en punto —casi al segundo— un hombre salió de la tienda con una bolsa. Dio unos pasos… y la bolsa se rompió. Todo cayó al suelo. Me quedé mirando, sin saber bien qué pensar. Podía ser coincidencia. Rara, pero posible. La noche siguiente volví al parque. Había otra nota. “A las 22:12 el edificio de enfrente se quedará sin luz en todos los pisos durante 5 segundos”. Esa vez me quedé en casa a propósito, mirando por la ventana. Desde mi apartamento se ve ese edificio. A las 22:12, las luces se apagaron. Todas. Y a los pocos segundos volvieron. Ahí ya me empezó a incomodar. Empecé a ir todos los días. Las notas siempre eran distintas. A veces cosas pequeñas: alguien tropezaría, sonaría la alarma de un coche, llovería sin aviso. Y todo se cumplía. Siempre. Pero luego empezaron a ser más raras. Una decía: “No abras la puerta mañana a las 7:26”. Pensé en ignorarla, pero igual puse una alarma y me desperté. A las 7:26 en punto, alguien tocó el timbre. No abrí. Me quedé quieto, escuchando. Después de unos segundos, dejó de sonar. Miré por la mirilla: no había nadie. Pensé que tal vez alguien me estaba haciendo una broma. Pero ¿cómo podían acertar con tanta precisión? Unos días después apareció una nota que sí me asustó. “Dejarás de venir aquí después del sábado”. La leí un viernes. El sábado fui igual. Había otra nota. Y esta… “A las 21:03 dejarás caer tu teléfono. No lo recojas inmediatamente”. Eso ya me molestó. Decidí no hacerle caso. Pero esa noche, en casa, cerca de las 21:03, me levanté del sofá… y el teléfono se me cayó de la mano. Instintivamente fui a recogerlo… pero me detuve. No sé por qué. Esperé unos segundos. Y entonces escuché un golpe. El teléfono había caído cerca del borde de la mesa. Si lo hubiera recogido de inmediato, habría dado un paso hacia adelante — justo donde había agua derramada que no había visto. Me habría resbalado. Quizás no habría pasado nada grave. O quizás sí. Después de eso, ya no pude tomarlo como una broma. El domingo volví al parque. La máquina estaba ahí. Pero no había ninguna nota. Ninguna. Revisé todo —los lados, debajo— nada. Desde entonces no he vuelto a ver ni una sola. Pero a veces tengo una sensación extraña. Como si me hubiera perdido algo. Y hay un pensamiento que no me deja tranquilo: esa última nota fue la única que no se cumplió del todo. Porque sigo yendo ahí. A veces. Solo que ahora, cada vez que veo la máquina… me descubro esperando que aparezca otra nota.